3.7.11

pecho frío




el invierno me coagula la sangre, un jugo de tomate frío, helado,
que en las venas no querría tener. soy un gazpacho envasado en un saco
de huesos, que anda en camiseta y con la napia colorada.
no sé si es baires o seattle, la que no me deja ver el sol desde hace días...
está claro que cuando ella no brilla yo tampoco,
la metería en la cama conmigo hasta septiembre
para manosearla y ahogarnos en algo que nos saque ésta apatía.
hay demasiados icebergs flotando alrededor mío
que probablemente no se derritan al llegar el verano
caminan, estornudan, toman subtes y presumen inspirar respeto.
lo gracioso es que ninguno de los dos tiene bien en claro si conviene
llegar a algún puerto, boyar hacia algún barco o contentarse con el bonito azul del mar. nos conformamos con tener un océano en común.
la trinchera es colapsar de arlistán y alcaloides secundarios, aunque más querría un guiso de mi abuela Pocha,
que de lealtad entiende bastante y jamás me dejaría comiendo sólo, aún a costa de tolerar las pavadas que yo pueda tener para contar. es eso, después de todo: el mundo, los retazos de vida viven en algo así.
y puta que se complica, algunas veces, encontrarlos. 
el pelotazo en la cara no vale, pechos fríos.
desmarquense un poquito, que entre todos esos muertos sin arreglo,
nosotros podemos zafar.



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